La enemistad entre las dos familias remontaba a ochenta y tantas generaciones; se cansaron de contarlas. Desde el aciago día en que un Montepancho timó a un Rigoletto con el cambio del pan. ¿O fue un Rigoletto quién timó a un Montepancho con la vuelta de unas aceitunas? Espera, un Rigoletto no invitó al bautizo del nieto a un Montepancho. O al revés.
Pese al odio y continuas rencillas, en cada generación -en todas sin excepción-, saltaba la chispa que prendía la llama del amor. Era un amor efímero, adolescente. Tan apasionado como condenado al fracaso desde el principio. Un amor que irremediablemente terminaba en tragedia. Cuando incapaces de vivir separados, de concebir la vida el uno sin el otro, ambos jóvenes se entregaban en brazos de la muerte para poder estar juntos en la otra vida.
Algunos llamaban a eso destino. Otros fatalidad.
Era inevitable pues, Mary-Kate Montepancho y Samuel Rigoletto estaban locos el uno por el otro. A escondidas de un mundo intolerante que ni les comprendía ni hacía el esfuerzo, se juraban amor eterno junto al cementerio. Sus familias no lo aprobaban, era inevitable también. La cosa no era tan grave como cuando sorprendieron a Jöe Rigoletto y Pëter Montepancho jugando al teto, pero igual de deleznable. Aquello no podía continuar así. Aquello tenía que acabar.
Pero debía parecer un accidente. O mejor, un suicidio.